



| Quienes somos: | ||
| Nombres | Angie | |
| Adriana | ||
| País | España | |
Crónica de una boda feliz - por Angie Simonis |
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Aunque parezca pura literatura, también hay historias de color rosa (o lila, como se prefiera) entre parejas de lesbianas. La nuestra es una historia de esas felices, de las que nunca gustan como portada, imaginaos, eso de las perdices ya no le interesa a nadie, no tiene gancho más que para vender novelitas a lesbianas sin pareja, los mass media prefieren a Dolores Vázquez o a la cruel jueza de Denia o a las folklóricas o al incombustible trío Raquel/Jud/Noemí… Decidimos casarnos legalmente el día que ZP ganó las elecciones. Esperábamos ansiosas, con la botella de cava preparada… ¡y ganooooooó! Nos salió a las dos al unísono, la frase reluciente con el gustillo amarguillo de las burbujas: ¡podemos casarnos! Había que hacerlo, aunque solo fuera por el trabajo que se había tomado el bueno de Zp, el único presidente del mundo mundial al que le importaban nuestros derechos. Que conste, nosotras ya estábamos casadas. A veces una no se resigna a renunciar a determinados ritos sólo porque no sean legales. Así es que nosotras tuvimos nuestra boda particular, minuto a minuto pensada a nuestro albedrío, en la que dedicamos nuestra unión a la Diosa Madre Tierra y a los Cuatro Elementos. Muy azul, en la orilla del mar al atardecer, con cueva llena de velitas y pétalos de rosa y todo el personal de blanco (si nos hubiera visto la prensa hubieran dicho que éramos de una secta). Una boda, estoy segura, muy al gusto de Natalie Barney. Eso sí, estábamos guapísmas y todo resultó de lo más emotivo y auténtico, algo irrepetible. La boda legal iba a ser mero trámite. La foto de abajo del blog es de esa boda. Vino la aprobación de la ley y la explosión del Día del Orgullo, un orgullo histórico, pletórico, esdrújulo. El triunfo mayor fue que nos acompañaban en la mani miles de parejas heterosexuales, madres solteras, padres separados, abuelas con sus niet@s, una fiesta de la diversidad familiar posible, de la diversidad pura y dura. Otra vez a esperar. La primera boda en España. Las primeras bodas frustradas. ¿Dónde nos casamos? En nuestro pueblo hay ayuntamiento del PP, en la capi una lista de espera hasta dentro de tres meses. Vamos al juzgado: “Nosotros hemos decidido casar, no tendréis ningún problema”, nos dice una funcionaria muy maja pero un poco cortada. Problemas con mi partida de nacimiento. Descubro un oscuro episodio de mi pasado gracias a los trámites de mi boda: mis padres no estaban casados cuando me inscribieron, soy un caso de publicidad restringida… Soy hija del pecado y del amancebamiento. Superado el trauma inicial, me cojo el tren y me planto en Barcelona, acabo al día siguiente en una sala donde me traslado al siglo XIX, atestada de carpetas en estanterías, mesas, el suelo… Una señorita un poco gordita pero muy servicial y, por supuesto, enterrada entre carpetas me dice que no hacía falta que fuera hasta Barcelona, que ellos lo mandan por correo. Ya, ya. Pero, después de hacer un poco de tiempo tomando un café en Antinous que está al lado y gastarme un pellizco en libros, salgo del registro con la prueba vergonzosa de mi origen sudando victoria en mi mano. Aburrida, sola, añorando a mi mujer, es la primera vez en mi vida que no disfruto de Barcelona, lo que es el amor… Vuelta al juzgado, vuelta a esperar. Hay que mandar el expediente a que lo firme el señor fiscal de la capi, yo no sé qué pinta un fiscal en todo este tinglao, ni que casarse fuera un delito. “Espera, que la nave del olvido no ha partido…” Toda la vida echando pestes del matrimonio y ahora que me quiero casar todo son pegas… Intentamos salirnos del círculo consumista, no repetir el paripé de las bodas hetero, no porque sean hetero, sino porque son paripé. Cada cual se pagó su menú, cada cual se sentó donde le dio la gana, quien quiso regaló y quien no quiso o no pudo regaló con su asistencia. Lo importante es que tod@s l@s que estuvieron allí no estaban por compromiso, ni para lucirse, ni para cotillear (bueno, de esto último no estoy tan segura). Estaban para compartir ese momento porque lo consideraban tan importante como nosotras. Era la boda de tod@s, por fin boda feliz, sin morbo, sin derrotas, sin burlas, era de verdad, Adriana y Angie tan felices, diciendo “sí quiero” como en las películas, todo el mundo a punto de llorar o llorando a moco tendido como en las películas, hasta la concejala (del PP pero majísima) entusiasmada del copón “nunca había participado en una boda tan emocionante. Vino hasta mi vecina de enfrente y me dio un abrazo que por poco me descoyunta. Creo que no hemos dado tantos besos en toda nuestra vida.
Ventajas de ser lesbianas: hay dos ramos. Los tiramos desde el balcón del ayuntamiento, el mío se queda enganchado en el balcón de enfrente, el otro lo coge una soltera… Todo era real, la tarta, las camareras, las emociones, el orgullo, la música de salsa, la diversidad, aquella gente tan feliz como nosotras, una mezcla colorida como un arco iris… Tan emotiva y original como nuestra primera boda porque también era de verdad. Lo que hace efectivos a los rituales es creer en ellos. La primera boda fue nuestro reconocimiento de que estábamos enamoradas, la segunda una protección de nuestra convivencia para el tiempo que deseemos compartirla. Por la noche, en casa, cuando se fue todo el mundo, nos abrazamos en nuestra cama de todos los días, con nuestros perritos (que no pudieron venir a la boda, pero les trajimos un trozo de tarta para compensar) y Adriana se quedó profundamente dormida. Yo la contemplaba, orgullosa y enternecida de tanto amarla, y me di cuenta en ese momento de lo que realmente habíamos hecho, darle una cobertura legal, una gruesa capa de respeto, a nuestro amor. Habíamos construido una isla de la que nunca podrían echarnos. |
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